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«UBA 200 en Concierto», celebrar la educación | 150 mil personas en la Facultad de Derecho

El ensayo general del viernes por la noche ya había entregado un clima de ocasión especial, de ofrenda desde el arte por dos siglos de excelencia educativa. Estaba el entusiasmo de les artistas, solo faltaba el calor popular. 24 horas después, era imposible no percibir ese calor: frente a una multitud que se desparramaba por toda la avenida Figueroa Alcorta y que ya se calculaba en 150 mil personas, que abandonó sillas y lonas para ponerse de pie, una impactante galería de artistas entregó una versión del Himno Nacional Argentino que erizaba la piel, con la educación pública, gratuita y de calidad como bandera que todos querían levantar. Un final emocionante para un concierto de celebración de los 200 años de la Universidad de Buenos Aires que ya había abundado en emociones. Como en la cancha, el coro popular iba de la letra al cántico arengado de las partes instrumentales: las columnas iluminadas de la Facultad de Derecho completaban un escenario épico.

Ya desde el sábado por la tarde quedó claro que la gente había estado muy atenta a la invitación, que quería hacer su aporte a la defensa de la educación y disfrutar una oferta artística que se adivinaba jugosa: a las 16, cuando aún faltaba un buen trecho para iniciar UBA 200 en Concierto, al frente del escenario montado en la escalinata de Derecho ya había una multitud esperando, sin importarle el pronóstico del tiempo que amenazaba con una lluvia que afortunadamente nunca se desencadenó. En un brote poético aportado por la naturaleza, lo que llovía sobre la gente eran flores de jacarandá, impulsadas por la brisa de la tarde.

(Imagen: Gentileza Maxi Failla / Pablo Aharonian)

Lo que siguió fue, en cambio, un diluvio de música. Sonidos que empezaron con un nombre tan ilustre como el de Astor Piazzolla, que fue tributado por su centenario en un primer bloque demoledor que arrancó poco antes de las 19, después de la primera introducción de Cecilia Roth y Luciano Cáceres, maestros de ceremonias que dieron paso al director musical Ezequiel Silberstein y luego a Esteban Morgado. Lo que hizo el guitarrista en soledad con «Libertango», pura magia en los dedos, desató la primera  de muchas ovaciones en una multitud que ya ocupaba todo el paisaje, y que extendió el griterío ante la performance de baile a cargo de Mora Godoy y Sergio Fernández Díaz.

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Faltaba aún más para darle forma a ese comienzo piazzolliano, con Katie Viqueira haciendo la «Milonga de la anunciación» y una aparición de Elena Roger que hizo lo que acostumbra cada vez que se acerca al micrófono: arrasar con el escenario. En modo comedia musical y con todo teñido de rojo, la cantante que ha sabido recorrer la historia de Astor junto a Escalandrum dejó todo en el «Preludio para el año 3001», poniendo el moño perfecto a ese inicio dedicado al gran bandoneón porteño… y universal.

«Ustedes me van a tener que ayudar, porque las versiones de Mercedes Sosa son insuperables», advirtió Kevin Johansen, encargado de poner el cuerpo nada menos que a un clásico «Como la cigarra». Y la gente ayudó, acompañó y saludó, y cuando todavía estaba despidiendo con calidez a Johansen tuvo frente a sí otro de los picos del concierto: Lisandro Aristimuño y Juan Carlos Baglietto unieron sus voces para una versión de «Seguir viviendo sin tu amor» que pareció tener un peso especial, justo en el día en que se cumplía un nuevo aniversario del encuentro de las Bandas Eternas de Luis Alberto Spinetta, aquel 4 de diciembre de 2009 en Vélez.

En una demostración de la amplitud del público que crecía y crecía a medida que pasaban los minutos, el cambio de artistas iba levantando reacciones en diferentes sectores, pero cada tanto se producían coincidencias. Uno de los griteríos más generalizados se produjo en cuanto Roth mencionó a «una gran cantante jujeña»: la aparición de Cazzu en escena dio pie a una de las atinadas reformulaciones del concierto, porque lejos de ese estilo que llevó a la caracterización de «Reina del Trap», la vocalista entregó junto a Lito Vitale en teclados una sentida versión de «Alfonsina y el mar». Fue algo similar a lo que sucedió en un pasaje en el que toda diferencia estilística desapareció como por arte de magia: ver a una gran orquesta sinfónica hacer «La balada del diablo y la muerte», y que Femigangsta dejara al lado el rap para cantar el clásico de La Renga, fue otro acierto artístico.

Es que a esa altura ya resultaba absolutamente natural el acompañamiento de las canciones populares a cargo del «seleccionado sinfónico», un centenar de músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional, la Filarmónica de Buenos Aires, la Estable del Teatro Colón, la Estable del Teatro Argentino de La Plata y la Orquesta de la UBA. Arropando las canciones y agregando matices, merecedora del aplauso que pidió en más de una ocasión Cáceres, reconvirtiendo cada canción y abriendo el campo para el lucimiento de cada artista, que consciente de la principal consigna del encuentro no olvidaba saludar a la UBA por su cumpleaños, pero sobre todo resaltaba una y otra vez la importancia de la educación pública. Una especie de consenso tácito en remarcar aquello que, de manera cíclica, amenazan los referentes de sectores cuya ideología ve a lo público como un mero gasto.

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En esa masa de gente que poblaba el lugar, que en algunos sectores simplemente se dedicaba a escuchar y disfrutar -el Museo de Bellas Artes, por ejemplo, impedía la visión del escenario a quienes no habían tenido al precaución de llegar temprano- se representaba también la multiplicidad de sectores sociales que apoyan la educación pública. Y así como hubo jóvenes modernos que celebraban a los artistas más jóvenes, y un target superior que coreó embelesada la versión de «Razón de vivir» en las voces de Víctor Heredia, Jairo y Carolina del Carmen Peleritti, o se prendió gustosa en el «Andar conmigo» de Coti Sorokin y Marcela Morelo; todos, absolutamente todos y todas, unieron la voz para uno de los pasajes más destacados de la tarde-noche. 

Es que si ya la mención de Serú Girán como introducción a Pedro Aznar y «A cada hombre, cada mujer» desató un rugido, la aparición de David Lebón y la demoledora versión sinfónica de «Seminare» hizo de la multitud un bloque compacto. Junto a Mateo Sujatovich, el guitarrista-esta-vez-sin-guitarra entregó una versión conmovedora, para enmarcar y colgar en la pared con ese fondo de las columnas de la Facultad iluminando todo.

(Imagen: Gentileza Maxi Failla / Pablo Aharonian)

Y había más, otro momento de absoluto consenso. «Gracias a todo el universo UBA. Vamos a seguir defendiendo a la educación publica gratuita y de calidad», dijo Abel Pintos en medio de una ovación atronadora, la enésima prueba de su ascendente popular. El cantante protagonizó momentos de alta intensidad, y cuando cantó eso de «Ahora que llegamos hasta aquí a través de tanta historia/ Ahora/ Abrazando tu dolor /Resistiendo aquí, contigo», de alguna manera resignificó la letra de «100 años» convirtiéndola en himno de resiliencia tras casi dos años de pandemia, y en otra apelación a la defensa de la educación pública. Junto a Pedro Aznar, Pintos dejó además otro momento de belleza sobrecogedora, responsabilidad de ese «Los dinosaurios» con el que Charly García resumió el dolor de los años de la dictadura ofreciendo a la vez una esperanza de reconstrucción.

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A esa altura de la noche, cerca del final, todas las barreras emocionales habían caído. Solo quedaba el Himno, y esa imagen de miles y miles de personas parándose en bloque, con el orgullo y la alegría de haber participado en un evento histórico. Y la convicción de que hay causas que se defienden todos los días. Con la voz y con el cuerpo.

El orgullo y el patrimonio

Antes de la música también hubo discursos, palabras que buscaron pintar un reconocimiento del trabajo extra que significó mantener la educación en pandemia. Jorge Pasart, coordinador de Voluntarios de la UBA, y Ramiro Fernández Sarraf, presidente de la FUBA, destacaron los esfuerzos de voluntarios que circulaban en el lugar, atentos a todo lo necesario, con remeras donde se leía «Orgullo UBA» y «En defensa de la Educación pública». «La UBA es sinónimo de progreso, de cambio, de pasar de un estadío a otro; es un faro que ilumina académicamente a la Argentina, pero también, con su ingreso irrestricto, es un sinónimo de igualdad«, señaló Pasart, visiblemente conmovido por el resultado de tanto esfuerzo.

El rector de la Universidad de Buenos Aires, Alberto Barbieri, en tanto, sintetizó el espíritu de la celebración en la calle. «Hoy quisimos hacer un festejo de la academia y la ciencia con la cultura popular y el arte y festejar con nuestro pueblo», señaló. «Porque la UBA no es sólo las personas que tuvimos la suerte de transitar por estos pasillos. Es un patrimonio colectivo que se hace con el esfuerzo de nuestro pueblo, al que le debemos nuestro trabajo y todo lo que significa mantener esta universidad tan reconocida internacionalmente, gratuita, inclusiva, de calidad, pública, autogobernada y que es una luz de esperanza para la nuevas generaciones que aquí se irán formando.»

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